Los Inicios 3 - Relatos de los Primeros Años |
1 .- Melchor Neder Esperanza
"DIARIO de Melchor Neder en Esperanza, 20 de abril de 1856 "La primera estadía fue en Mainz (Maguncia), donde permanecimos tres días. Luego continuamos a la ciudad de Colonia, en un ómnibus porque el Rhin estaba congelado. Después de una espera de dos días viajamos con el tren por Aachen, Verviers, Lille hacia Dunkerque, donde arribamos el 9 de diciembre, día en el que tomamos el barco "La Linda". El día 5 de enero de 1856 nuestra hija menor Bárbara fue sepultada en el fondo del Océano. La familia no olvidó nunca la pérdida de esa niña. Nos enfermamos a causa de los mareos y la madre debió estar 13 días en cama. El 24 de febrero de 1856 se arrojó el ancla frente a la ciudad de Montevideo, un domingo a las 13 horas; a las 15 horas navegábamos nuevamente y el 26 de febrero estábamos en el puerto de Buenos Aires, donde permanecimos 8 días más en el barco para ser llevados luego con un vapor a Santa Fe, donde arribamos el 11 de marzo. Fue una inmensa alegría que no puedo describir. Por la mañana, el 11 de marzo fuimos alojados aproximadamente tres horas en una casa perteneciente al estado, donde se nos trató muy bien y recibimos muchos regalos de la gente de Santa Fe. Allí nos sentimos muy bien, y luego llegó visita de la ciudad para conocernos. El 31 de marzo llegó el Gobernador y nos hizo avisar que estaban las casas listas para 17 familias. No se quiso perjudicar a nadie, por eso se sorteó a los que en tres días debían ir a la Colonia. Me registré con otros siete hombres, con quienes construiríamos nuestro refugios, si nos enviaban lo indispensable al lugar. Esto fue aceptado, a cada familia se le otorgarían 150 francos, de los cuales 50 recibimos inmediatamente. El resto debimos buscarlo en la ciudad. Al mediodía, a las 13 horas, debieron partir los carros hacia la Colonia. Pero nosotros quedamos en la ciudad más tiempo de lo calculado. Por lo tanto debió partir mi esposa con mis hijos, sin que yo estuviera con ellos. Cuando regresé de la ciudad, el carro se había ido. Tomé otro a las 15 horas, pero siguió otro camino y no pude encontrar a mi familia. De esa manera llegué dos días más tarde que ellos a la Colonia. Era el 15 de abril de 1856. .. Esa misma tarde me visitó el Vicegobernador Don Carlos Martí, el Sr. Gundale, el traductor Adolfo y un señor Toribio Gálvez. Me preguntaron por diferentes cosas y me prometieron conseguir una barrica de harina para ese día o la mañana siguiente. Llegó el domingo 5 de abril, ese día me visitaron el Gobernador José María Cullen y el director del Correo de Santa Fe. Conversaron un largo tiempo, me agradó que un hombre importante se dirigiera a mí; no sabía que aquí eso era costumbre. El miércoles después de nuestra llegada, se nos adjudicaron los sitios para las viviendas. Como vecinos teníamos a Mateo Dehren, Antonio Mergen, Francisco Kaiser y la Viuda Magdalena Allard. Catorce días después de nuestra llegada cada familia recibió una vaca y un ternero, que fueron calculados por dos vacas y aún eran salvajes. Con Dehren dimos nuestros bueyes al Sr. Hubeli, pues los suyos habían huido. Se los dejamos 17 días. Después de su devolución comenzamos a trabajar nuestra concesión. En el primer año salimos a desmontar 28 mañanas aproximadamente. Seis meses después de nuestra llegada recibimos el resto del ganado, que esa misma noche huyó. Quisimos impedirlo con Dehren, Francisco Kaiser y Felipe Nahm, pero a las diez de la noche el ganado se había ido. Eso me convirtió en un hombre pobre por muchos años. En julio de 1856 perdimos a nuestro Gobernador José María Cullen. La Colonia sufrió mucho esa pérdida. El nuevo hizo lo que estaba en sus fuerzas, pero fue demasiado débil para ayudar al mismo tiempo a la Colonia y comenzó la crisis. Vinieron dos administradores, los alimentos fueron cada día más escasos y se produjeron disputas. El 7 de agosto de 1856 nació nuestro hijo Mateo. La situación era tan mala que algunos Concejales salieron a pedir limosna para las tres mujeres que habían dado a luz. De la sección alemana recibimos 7 reales y medio, de los cuales recibí uno y medio, Teodoro Rossler tres y medio y Felipe Ringerlstein dos y medio reales y a cada uno se nos entregó algo de alimentos. En ese entonces iba todo tan mal que en 17 semanas no tuvimos pan y mi esposa tuvo en sus semanas de cama sólo papillas de harina de maíz y carne. Nuestro diario vivir era: por la mañana me levantaba antes del día, para moler maíz para la comida del mediodía o sopa, hasta que el trabajo estaba hecho era hora del desayuno. No debía encender el fuego porque cada anochecer colocaba un trozo de madera que ardía hasta el mediodía siguiente. Luego se desayunaba. Cuando se había comido la acostumbrada papilla, puré de maíz, se ensillaba y se iba al puesto de carne. Allí se permanecía casi hasta mediodía, hasta que cada uno recibía su parte. Luego se regresaba a la casa para el almuerzo. Luego se molía nuevamente maíz para la cena. De vez en cuando llegaban avisos, que venía una carreta con maíz. Rápidamente se ensillaba el caballo y se iba al puesto de carne, donde no se podía llegar tarde, pues no se recibía nada, hasta que llegaba una nueva carreta, y eso generalmente duraba bastante, y muchas familias no tenían alimento hasta en tres días. Cuando se recibía algo se iba contento a casa, y allí todos los integrantes estaban felices, pues estábamos atendidos por unos días. Cuando el día había pasado se cenaba, luego se molía nuevamente maíz para la mañana siguiente. Cuando se había terminado el trabajo se conversaba junto al fuego, pocos lo hacían junto a una lámpara, ya que no había dinero para el aceite. Luego lentamente se iba a la cama. De esa forma vivimos nueve meses... No quiero olvidar como nos dedicamos a la agricultura. Cuando habíamos desayunado, se preparaban los bueyes, caballos y el arado. Debían estar allí por lo menos dos hombres. A mí me faltó el segundo. Mi hijo Santiago Gottfried, de 5 años, tuvo que hacer el trabajo del segundo hombre. Condujo los caballos y yo tomé el arado en la mano. Nunca había trabajado con un arado, así que tuve que tener siempre a la vista que el arado no salga del surco. También tuve que controlar los caballos y bueyes, por eso todo iba mal. Mi hijo era tan pequeño que en cien pasos se cayó tres veces. Mi esposa nos miraba llorando, pero ella no podía ayudar porque un nuevo alumbramiento estaba cerca. Así pasó el tiempo, se plantó, luego fue mejorando, pues mi esposa pudo ayudar nuevamente ..." 2.- Lopez Sin luz, el fuego no se apagaba Habíamos quedado a bordo del "Mármora", barco inglés en que Cristóbal, sus padres y hermanos venían desde la lejana Europa. La muerte de la hermanita menor había dado pié para catalogar de la peor manera a la tripulación y al Capitán del barco, al negarle agua estando la pequeña en tan duro trance. No obstante esta crueldad, en otra circunstancia, dijeron que procedió de justa forma ante la impericia del cocinero de a bordo. Este había preparado la comida con agua extraída del mar, que con su 30% de sal ocasionó la imposibilidad de tragar los alimentos. Ante semejante caso, el duro Capitán sirvió un plato con el menú arruinado y obligó al propio cocinero a comerlo. El pobre, a pesar de los vómitos y su rostro desencajado, sufrió en sí mismo tremenda equivocación cometida. Los viajeros que venían a Esperanza habían quedado, hasta que terminaran sus casas, en Guadalupe. De allí fueron transportados en carretas atravesando campos ante la inexistencia de caminos, y también el río, hasta las propiedades de cada uno. Las construcciones que encontraron eran de una sencillez extrema, hechas mediante un esqueleto de madera relleno con trozos de tierra cuadrados, cortados con palas especiales. Se levantaban sus paredes hasta por encima de la cabeza, cuando esta no tocaba más, allí se ponía el techo de paja. El temor por la posibles incursiones de los indios del lugar, que resentidos por su territorio invadido y lejos de entablar buenas relaciones con los colonos se levantaban en sedición, hizo que los campesinos ubicaran el caserío de tal forma que pudieran protegerse mutuamente. Las viviendas fueron hechas juntando las cuatro esquinas de las concesiones, (en cada una, una casa, tal es el relato de Cristóbal Spiés en su diario personal). En el medio de las mismas estaba el corral para los animales de las familias, que de noche custodiaba un sereno mientras el resto de la gente descansaba. Rodeados del monte virgen, impenetrables en algunas partes por sus enredaderas, quedaron ubicados quienes venían a transformar estos campos en praderas fructíferas. Pero al levantar la vista, lo que observaban en un principio, eran pajonales de más de metro y medio de altura. Ante esto temían el peligro que representaban los eventuales fuegos que podrían convertir en cenizas grandes extensiones de campos, antes de empezar a trabajar en ellos. Las dificultades se sobreponían, pero siempre venía algo más, y uno de los obstáculos significativos fue la falta de arados, ya que solamente dos familias habían traído el suyo. Esto tuvo que ser subsanado por el Gobierno, mandando un barco al Norte de América para traer los implementos necesarios. Una vez llegadas las esperadas herramientas, pudieron dar comienzo a sus tareas. Las situaciones risueñas se suscitaban con frecuencia entre algunos de los inmigrantes que en su lugar de origen habían sido sastres, carpinteros o herreros -aunque todos tenían constancia de "buena identidad"- dice en su diario Don Cristóbal- pero las duras tareas del campo no "cuajaban" con ellos. Por ejemplo: cuando les entregaron los animales, que no eran mansos sino chúcaros (sin amansar) tuvieron un gran problema. "Ahí van sus animales"-les dijeron- pero hasta que se dieron cuenta de lo que debían hacer con los "bichos", estos se les habían perdido monte adentro y entre los matorrales. Por el inconveniente que tenían para manejar los animales, debieron recurrir a los "baqueanos" para remediar el problema, y esto no sería lo único que los importunaría. Don Cristóbal remite una parte de su relato desde las palabras del inmigrante M. Neder, al describir los hechos cotidianos del asentamiento. "Luz no teníamos, pero el fuego no se apagó nunca. La leña abundaba en todas partes. De mañana temprano, a poco de levantarnos, se pisaba maíz para hacer la comida durante el día. Aquí hay que aclarar una cosa -dijo- "los gringos aprendieron a comer maíz por los criollos, y
2 .- Memorias de Juan Spies
Escritas por su nieto Cristóbal Spies (Datos tomados de: Althaus, Nelly y Bertotti María Elena. Ejemplos de Vida. Esperanza 2002) " No tenían la ambición de enriquecerse o hacer fortuna, sino que eran mayormente familias de clase humilde y pobres, trabajadores. En aquella época, aquellos países carecían todavía del desarrollo necesario para que la clase media pudiera haber vivido más holgadamente. Como contó mi papá muchas veces, su padre tenía que luchar mucho, de la mañana a la noche, para ganar lo más necesario para la familia. Por esto es muy comprensible, por qué nuestros antecesores un día resolvieron obedecer la propaganda de Aarón Castellanos y emigrar a otro país, que les ofreciera buenas perspectivas, para hacer un nuevo hogar, y por parte del gobierno de recibir toda la ayuda necesaria. El Lord Raglan partió de Dunkerque en noviembre de 1855 y trajo a bordo a los primeros colonos, la mayoría suizos, saboyanos y alemanes, más dos familias francesas. El primero en partir fue el barco "Kyle Bristol", posteriormente lo hicieron los restantes veleros. A Buenos Aires llegó primero el "Lord Raglan", el 20 de enero de 1856 y a Santa Fe el 25 del mismo mes. En segundo lugar lo hizo el "Kyle Bristol"; el 23 de enero del citado año y a Santa Fe el 3 de febrero. El 27 de febrero entra a Buenos Aires la fragata inglesa "La Linda", con gran número de inmigrantes. El 28 de febrero llega "La Mármora" con la mayoría de los inmigrantes de nacionalidad alemana. Arribaron a a Santa Fe el 12 de marzo de 1856. El 10 de marzo llegó la última embarcación. Como el puerto de Santa Fe era muy primitivo todavía, y para trasbordar tenían que pasar sobre tablones, una señora perdió el equilibrio y cayó al río a pesar que los marineros los guiaban de la mano y fue rescatada muerta. Esta fue la primera desaparición al pisar tierra santafecina. Además había una multitud de curiosos que los esperaban en el puerto, para ver la cara que tenían los alemanes. De allí fueron llevados a una estanzuela, donde está hoy Guadalupe, y tuvieron que esperar 15 o 20 días para ser llevados a Esperanza, porque las casas no estaban todavía terminadas. Mi papá contó muchas veces que ellos venían en "El Mármora", que un día se enfermó una hermanita chica y que siempre pedía agua, pero el capitán se negó a dársela con la excusa de que fuera de hora él no daba agua. La chica falleció en alta mar y el cadáver fue entregado al gran Atlántico. En otra ocasión dijeron que procedió muy justo. El cocinero del barco, que también hizo la comida para los inmigrantes, un día preparó la comida con agua de mar, y como se sabe, ésta contiene un 30% de sal, nadie la pudo comer. Este caso llegó a oídos del capitán, el cual enseguida sirvió un plato de la misma al cocinero, y lo obligó a comerla, el cual lo hizo bajo vómitos. De la estanzuela fueron transportados con carretas a Esperanza, cruzando los campos, ya que caminos no existían todavía, hasta la propiedad de cada uno. Las casas eran un esqueleto de madera, rellenados con trozos de tierra cuadrados, que se cortaban en el campo con palas especiales, hasta que no se tocaba más con la cabeza, después techo de paja, y uno tenía una ventana y el otro una puerta. Las casas estaban ubicadas de manera que, donde se juntaban las cuatro esquinas de cuatro concesiones, en cada esquina una casa y el corral para encerrar los animales en el medio. Todo esto se hizo como precaución por el peligro de los indios... La Colonia estaba dividida de sur a norte. El Este destinado para los de habla francesa y el oeste para los de habla alemana. Así quedaron colocadas estas familias en el campo argentino, rodeadas de monte virgen, de maderas duras y semiduras, en parte impenetrables por las enredaderas y un campo de pajonales de un metro y más de alto, lo que ofreció gran peligro a ellos por el fuego; que en pocas horas podía convertir en cenizas grandes extensiones. De todos los inmigrantes solamente dos familias habían traído un arado de mancera, para poder obrar, pero el gobierno argentino al ver esta deficiencia, enseguida mandó un barco a Norteamérica para traer una carga de arados e implementos para que todos pudieran empezar sus tareas. Hay también que mencionar que los animales que el gobierno les dio eran chúcaros y primero había que amansarlos. La entrega de los animales, según decían, era cerca de Santa Fe. Allí, también, decían, pasaron escenas interesantes. Como entre los inmigrantes había también gente como sastres, carpinteros, herreros, aunque tenían constancia de buena identidad, pero nunca habían trabajado con animales, además chúcaros; cuando abrían las puertas diciéndoles, allí van algunos animales, hasta que quisieran hacerse cargo de ellos, éstos ya se iban perdiendo entre el monte y los matorrales. Claro que los que no eran suficientemente capaces hicieron amansar con algún baqueano. Aunque el gobierno les dio la manutención para el primer tiempo, tenían que pasar tiempos muy pobres. Los gringos aprendieron a comer el maíz por los criollos, y los criollos a conocer el pan por los gringos. La pisada de maíz se hizo en la siguiente forma: en un pedazo de tronco de más o menos 70 a 80 cm de largo, se hizo un agujero en la parte de arriba y unos 30 a 40 cm de hondo, pero cónico que abajo se cerraba. Allí se ponía el maíz después de haberlo humedecido, y así se lo pisaba adentro con un palo que estaba formado igual en la apunta cónica como el agujero, pero más delgado, después se sacaba afuera y se soplaba para sacar la cáscara, cuando estaba bien descascarado, se hacía el locro o la mazamorra, lo que para ellos era un plato exquisito, como se prepara con leche y azúcar. Para la carne el gobierno también había hecho un depósito, más o menos a tres a cuatro concesiones al norte del pueblo, donde cada familia podía buscar la carne que necesitaban para el día. Asimismo el maíz, pero este lo traían las carretas de otras partes, las que venían a cada tantos días, y muchas veces los que llegaban último no recibían cuando no alcanzaba, entonces tenían que esperar otra remesa". Relato de Juan Spies : : " El primer medio de transporte que tenían era un cuero de vaca, sobre el cual cargaban lo cosechado y así lo arrastraban a las casas. Pero no demoraron mucho, cuando cortaron disco de los troncos de los algarrobos, después labraron un eje también de madera; al disco le hicieron un agujero donde pusieron el eje, una chaveta que pusieron afuera, ya estaba listo, así dos ejes, las tablas que ellos mismos labraron con sus sierras a mano, las clavaron encima, una lanza adelante y ya tenían el "Rollwagen" II Cristóbal Spies relata en relación a Federico Knippenberg (marido de Elizabeth Kinen) cuñado de Heinrich Kinen: "Una escena que pasó es con un mozo joven, un tal Federico Knippenberg, cuando llegó a la mañana galopando al depósito donde se repartía la carne, para percibir la que le correspondía a su familia para el día. Al salir para volverse, vió con sorpresa que sobre su caballo estaba sentado un criollo festejando "otra vez con mi overo". Pero Knippenberg, un mozo alto y robusto, lo volteó hacia el otro lado, saltó sobre el caballo y salió con furia hacia su casa. Claro que Knippenberg al volver se dio cuenta que este caballo que había comprado a otro criollo era robado. Más tarde llegó el comisario de la zona, don Pablo Rohrmann, a la casa de los Knippenberg, acompañado por el criollo reclamando su caballo. Pero Knippenberg había faenado el caballo y la carne sabrosa ya la había colgado bajo un techo de paja fresco. El comisario luego de un breve interrogatorio a Knippenberg, se dirigió al criollo y le dijo con voz altísima: "der Gaul ist fort in den Wald" (el caballo se fue al monte). Claro como el criollo no pudo entender, insistió. El comisario sólo gritó cada vez más fuerte hasta que el criollo se fue y no volvió más. Don Pablo era uno de los primeros colonos, justo y bueno, pero había sido nombrado comisario, a pesar de que la castilla nunca pudo comprender nada. Pero gritándole bien fuerte, habrá pensado, tal vez le entre"
Memorias de Juan Spies, escritas por su hijo Cristóbal. |
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